Desde un café en Reforma, observando cómo el tiempo borra huellas, pero no derechos

La senadora Judith Díaz Delgado publicó ayer un editorial que no busca aplausos fáciles. No hay bandera, no hay grito, solo una precisión quirúrgica: tres de cada diez adultos mayores en México son rechazados por los sistemas bancarios. No por desconocimiento tecnológico. No por falta de pericia. Sino porque el paso de los años esa condición biológica implacable ha borrado las crestas de sus huellas dactilares. La piel pierde colágeno, las líneas se aplanan y el lector biométrico, con su arrogancia digital, declara: “no eres tú”.

Más de 17 millones de personas mayores de 60 años viven en este país. Un sector que representa una de las mayores conquistas demográficas de México y, al mismo tiempo, uno de sus mayores desafíos pendientes. Ellos construyeron este país. Pagaron impuestos, criaron familias, sostuvieron economías enteras. Y hoy, al llegar a la ventanilla o al cajero, descubren que el sistema los ha convertido en sospechosos de su propia identidad.

Judith Díaz no lo cuenta como anécdota. Lo cuenta como deuda. Como senadora por Nuevo León, con tres décadas de servicio, pasando por la coordinación de los Programas de Bienestar en el estado, ella conoce el terreno mejor que nadie. Sabe que detrás de cada huella borrada hay una señora de 72 años que trabajó toda su vida, que hoy acude con su tarjeta en la mano y sale con la dignidad herida. Sabe que no se trata de un “problema técnico”. Se trata de un problema humano que el Estado no puede seguir ignorando.

Por eso lleva las historias al Senado. No para hacer espectáculo, sino para exigir reformas que obliguen a los bancos y a los sistemas biométricos a reconocer lo que la Constitución ya garantiza: la igualdad. Alternativas inclusivas. Reconocimiento facial complementario. Opciones que no discriminen por edad. Porque la tecnología que debía ser puente se ha convertido en muro, y Judith Díaz se niega a aceptar que el progreso deje atrás a quienes más lo merecen.

Es la misma senadora que ha caminado Nuevo León “en tierra”, colonia por colonia, que entiende que la política no se hace desde escritorios sino desde el contacto real con la gente. Ahora transforma esa cercanía en acción legislativa concreta. Mientras otros debaten macroeconomía o polarización, ella pone el foco donde realmente duele: en el adulto mayor que, después de toda una vida de contribuciones, no puede cobrar su pensión porque su huella ya no coincide con la base de datos.

Desde París se vería como un detalle menor de biometría bancaria.

Desde Reforma, se ve como lo que es: la preocupación seria y estratégica de una senadora que entiende que un país se mide por cómo trata a quienes ya no pueden gritar más fuerte.

El Parisino.